Muy poca gente conoce realmente en qué consiste la traducción.

Es habitual que se soliciten traducciones a una agencia exigiendo unos plazos completamente irreales y, a la vez, que la traducción sea de la mejor calidad.

La idea de que traducir es muy fácil y se hace en un momento está más extendida de lo que debería, debido al gran desconocimiento que existe, por parte de la mayoría de la gente, de lo que realmente significa traducir; y eso que se trata de una actividad tan antigua como los jeroglíficos de Egipto.

Traducir implica comprender un texto que está en otra lengua y saber transmitir los conceptos a otra; por lo que no se trata simplemente de copiar o reproducir literalmente algo sin saber qué se está diciendo. Teniendo esto en cuenta, el traductor necesita un proceso que en ocasiones, dependiendo del tipo de texto, puede ser largo y complicado para poder expresar correctamente todo lo que dice el texto original. Un traductor no lo sabe todo y debe también realizar una labor de documentación o investigación, aumentando así el tiempo que necesita para traducir. Además de todo esto, hay que añadir un proceso posterior de revisión para comprobar que está todo correcto.

Y además está el formato: la maquetación. Ese gran problema a la que se enfrentan la gran mayoría de traductores y gestores, cuya formación  lingüística e informática en sus aspectos básicos, muchas veces no da para llevar a cabo grandes obras artísticas. Dicho esto, traducir es un proceso complejo que además de traducir implica muchas otras actividades y que por lo tanto, no es algo que se haga en dos días. Una buena traducción requiere tiempo y esfuerzo. Debería ser una profesión mucho más valorada de lo que lo está actualmente, porque sin la traducción, ¿cómo se expandirían al extranjero todas esas empresas que, debido a la recesión, se han visto obligadas a buscar nuevos mercados en el exterior?